La Muerte

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Hoy he visto a la vieja Dama. No me ha saludado, ni lo esperaba. Avanzaba lentamente, y se me ha quedado mirando con unos ojos penetrantes, rodeados de una bruma negra, terrorífica. He disimulado y contenido la respiración, pero cuando, por curiosidad, he vuelto mi vista hacia Ella, continuaba clavándome su expresión de muerte en mi expresión de pasmo; y cuando mis pulmones han vuelto a necesitar aire, he inhalado su fragancia imperecedera que el viento había traído de donde ahora ya no estaba.

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