Diamantes de Sierra leona (3ª y última parte)

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Y Tom se puso de pie. Y como un guepardo corrió hacia las espaldas del asesino. Descargó toda su rabia contra él, no permitiéndole moverse. Sin impunidad, fue contando un golpe tras otro, él sólo, con sus propias manos. Era la hora de arreglar las viejas cuentas. Hank perdió la consciencia.
Cuando la recobró, estaba malherido. El chico se encontraba a unos pocos metros de él, de pie, sollozando, y mirando al criminal.
Nadie había salido a defenderle. Todos esperaban desde sus ventanas el desenlace del conflicto.
No hubo palabras, sólo sucesos.
Pero nuestro protagonista recordó que su rival tenía un arma cuando éste la sacó y empezó a dispararle sin conseguir acertar. Entonces se inició una carrera de supervivencia. En primera posición, Tom, veloz y ágil, aunque asustado y débil; detrás, el hobbit obeso.
La carrera se empezó a desenvolver dentro de la mina, donde Tom intentó esconderse. La oscuridad era total, así que ambos iban avanzando lentamente en la penumbra, palpando las paredes. Pero, ¿quién conoce mejor un laberinto que sus propios obreros?
-Tom –lo llamaba Hank- ven, no voy a hacerte daño –mentía.
Los dos estaban plenamente perdidos. Esto significaba que, si el esclavo lograba salir antes que el otro, quedaría libre para escapar de la tiranía de aquel poblado.
Hank no podía caminar más. Estaba exhausto. Sus pulmones estaban llenándose de los gases de los túneles: metano y monóxido de carbono. Se sentó para aliviar su agotamiento. ¿Acaso estaba muriéndose? Oyó pasar a su lado, como un rayo, al joven sierraleonés.
-Que sepas que a tu padre lo vendimos porque era un inútil –le chilló al pobre.
Aquello le dolió en el alma al chico. No había cosa que pudiese soportar menos que le recordaran que su padre era manco. Por eso se quedó sin él.
No obstante, Tom no se cansó de correr. Sin darse cuenta, llego a la salida.
Por otro lado, Hank seguía sentado en el suelo. Tenía mucho sueño. Estaba claro: ese era su fin. Así que, aprovechando, se dio su último placer: un puro.
Nada más encender la cerilla, el fuego entró en contacto con los gases, que añado, son inflamables…
La silueta de Tom y de su pueblo horro se desvaneció cuando se adentraron en el bosque. Habían conseguido la libertad, y ya nadie podía quitársela.

Este relato es inventado, aunque está basado en miles de historias que transcurren cada día en cientos de lugares, en continentes menos desarrollados como África, Asia o Sudamérica. Se intenta hacer ver al lector que se arriesgan y manipulan miles de vidas diariamente. ¿Cómo, en estos tiempos, sigue existiendo esta desigualdad entre blancos y negros? ¿Cómo siguen habiendo gentes que convierten a otras en sus propias máquinas para hacer dinero? Y todo para que al final una esposa caprichosa luzca un lujoso anillo de diamantes…

Fin

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