Diamantes de Sierra Leona (1ª parte)

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Nos situamos al oeste de África, Sierra Leona. La guerra civil ya ha terminado. Un pueblo capitalista se sustenta gracias al comercio del diamante y el tráfico de drogas y esclavos.
En el sur del pueblo, edificios pintados de blancos, los dueños del lugar. Entre ellos, el ser más despreciable de todos: el señor Hank, aunque para mí ha perdido el término “señor”. Era un rechoncho inglés de piel pálida y pelo rubio canoso, que vestía siempre con sombrero y pantalones cortos blancos, una camisa hawaiana roja y sandalias. Tenía la fea costumbre de fumar puros delante de los esclavos. Mientras ellos picaban en la mina, él se paseaba por ahí con su tabaco y aires de superioridad. De vez en cuando quemaba a alguien a propósito para divertirse o les echaba el humo a los niños para que tosieran. Le odio.
Al norte de la zona rica y bastante apartada a ella, el barrio pobre. Niños, mujeres, hombres… todos ellos negros y esclavos. Vivían en casas hechas de cartón, adobe y telas.
Más al norte se encontraba la mina de diamantes. Allí pasaban la mayor parte del día todos los habitantes del pueblo; unos trabajando, otros extrayendo beneficios.
La mina tenía una entrada grande, reforzada con troncos. Si te adentrabas en ella es posible que no volvieses a salir. Decenas de túneles que subían y bajaban se entrelazaban para formar un complicado laberinto. Todos temían perderse entre sus ramas.
Y allí, al fondo del túnel de la izquierda, se encontraba nuestro protagonista, cuyo nombre no recuerdo con exactitud. ¿Queréis llamarlo Pepe, Antonio? Como prefiráis. Aunque yo prefiero decirle Tom, porque me recuerda mucho a Tom Sawyer, el del libro.
Era un chico joven, sierraleonés, bajo y escuálido. Lo que más le caracterizaba era su valentía, su perspicacia, su curiosidad. Nunca jamás se rendía, y era muy trabajador.
Como iba diciendo, allí estaba Tom, pico en mano, trabajando sin descanso. Ese día había sacado seis diamantes.
En ese momento, sonó la campana de la mina, que colgaba cual úvula en su boca. Tom se levantó. Volvía a casa.
Poco a poco, todos los esclavos de la mina fueron caminando hacia la salida, portando cubos con diamantes que después vaciaron. Tom se reunió con su madre, con la que vivía. Se saludaron y fueron a la plaza a cenar. Allí ella le dio a su hijo una importante noticia:
-Me estoy muriendo, Tom.
Aquello le pilló por sorpresa. ¿Qué dice esta mi madre de que se está muriendo? Contestó lo primero que se le vino a la cabeza.
-¿Qué?
-Mira a tu alrededor. Hay escasez de comida. El venero está cada vez más seco. Y mis pulmones están destrozados por culpa del polvo de la mina. ¿No te das cuenta? El otro día murió Aramil, pronto moriré yo, y después habrá un siguiente, y un siguiente…
-Tienes razón –respondió atónito el chico. Nunca había visto a su madre hablar así.
-Tom, hijo mío, prométeme una cosa –dijo temblando-. Si me muero, huye de aquí. No me importa donde vayas, tan sólo quiero que seas feliz lejos de este sitio…
Siguió hablando durante el resto de la cena. El chico la escuchó atentamente y le juró todo lo que ella le había pedido. Después fueron a su choza, cogieron unas mantas y durmieron.

Continuará…

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2 comentarios

  1. El relato no tiene mala pinta (basado en bloody diamonds? :-P). Lo que no entiendo es como maquetas la entrada con una foto de niños/as vietnamitas corriendo para evitar el Napalm…

  2. Se trata de contemplar el «significado emocional» que tiene la foto, no su contenido…

    (Hay que ver lo criticón que estás hoy, ¿eh? xD)