Siempre Juntos (2º parte)

Google+ Pinterest LinkedIn Tumblr +


Ninguno de los dos volvió a hablar. Él se sentó en el suelo y se quedó con los ojos cerrados varias horas. De vez en cuando algunas lágrimas goteaban por su mentón. Se sentía pensativo, reflexivo, meditativo. A media noche, aún despierto, oyó un estornudo.

-¿Estás despierta?
-Sí, no me puedo dormir –le respondió Ellesmine.
-Yo tampoco.
-Oye, no me has terminado de contar por qué estás aquí –le dijo ella, con impaciencia.
-¡Ah, sí, es verdad! –exclamó Roy-. Cuando me ataron al poste y habían juntado la leña para quemarme, comenzó a llover. Intentaron prender la madera, pero ya estaba mojada y por eso me trajeron aquí, después de darme otra paliza, claro. Supongo que me matarán mañana o pasado. Pero no tengo miedo a la muerte.
Ellesmine no quiso tratar ese tema.
-¿Cómo se llamaba tu mujer? –le preguntó.
-Nadia Harrison –contestó él.
-¿Y tienes hijos?
Roy empezó otra vez a llorar. Ésta vez el sonido del llanto era más agudo y se interrumpía por sollozos abundantes. La mujer le preguntó: “¿Qué te pasa?”
-¡No me acuerdo de nada! –exclamó, apretándose las sienes con las manos.
Ellesmine esperó un poco a que se calmara. Unos minutos después le dijo suavemente:
-Túmbate en el suelo y pega todo lo que puedas tu cuerpo a la pared donde yo estoy.
Así lo hizo él. Esperó unos segundos y… ¡Fue fantástico! Una sensación de bienestar y tranquilidad le invadió el cuerpo. Le pareció ser envuelto por una nube cálida y placentera. Y lo más increíble: sentía los latidos del corazón de Ellesmine. Unos latidos que le acunaban y le consolaban. Unos latidos que le abrazaban, que le daban ánimos para que siguiera adelante y que no se rindiera, que le protegían de todos los males del mundo, y que le daban la mano cuando tenía miedo. Unos latidos tan profundos que llegaron a vivir en él, y a prometerle que jamás le abandonarían.
Cuando se despertaron los dos a la mañana siguiente, comenzaron a hablar y a conocerse. Se parecían mucho. Pero la amnesia de Roy aún duraba. No se acordaba de si tenía hijos, de quienes eran sus amigos. En su mente sólo estaban las imágenes de cuando él salía con su mujer de su casa, e iban juntos a la “montaña de la muerte”.
Por las noches, cuando se sentía triste, Ellesmine acercaba su corazón a la pared, y el se calmaba y se dormía. Esos latidos que sentía fueron su protección durante su estancia en esa celda.
Una mañana, la puerta del calabozo se abrió chirriando…

Continuará…

Share.

Comments are closed.