Refugio del desierto

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« Es propio de un hombre dotado de razón no desearse la muerte temerariamente, ni correr con ímpetu hacia ella, ni despreciarla con orgullo, sino esperarla como una de las consecuencias naturales. »

– Marco Aurelio

(Inspirado en un relato del único y fantástico Neil Gaiman)

En el año del Señor 1273. La sensación de pánico crece en el pecho de Abel. Se ha levantado un viento bajo, y la arena le castiga las piernas a través de los pantalones. “Un millar de cuchillos”, piensa.

Las voces… deben de estar al otro lado de esta duna… La caravana: su madre, su suegro; oye cómo le llaman. No puede pensar, le duele la cabeza. Camina retorcido, luchando contra la tormenta. Anda y anda, pero mire donde mire, observa la misma pintura: la nada infinita, un espejo dorado del cielo, sin marcos ni reflejo de vida. La arena es blanda bajo sus pies. Es inestable, traicionera. A veces está hambrienta.

Abel tropieza y cae duna abajo, y se intenta agarrar al fino polvo de roca, sin hallar asidero alguno. Entonces le invade el terror. Despega los labios y grita con palabra ronca al cruel viento del desierto. Tierra en la boca. Tose, se atraganta, y con los ojos en barro, escupe en la arena y lamenta la pérdida del fluido en ese mismo instante. Escuece y solloza.

El viento sopla y el Sol se para en el centro del cielo, que empieza a arder, como si hubiese subido el infierno por encima de Al-Magrib. Abel se cubre la cara con la capa; respira entrecortadamente. En cuclillas contra un lado de la siguiente duna, trepa con dificultad. Le duele mucho y no puede más. Tiene un odre con dos tercios de agua potable. Le durará mañana y noche, si es prudente… Sólo traga unas gotas, saboreando de sus labios la sal del mar infinito. Se le ocurre que las voces que oyó podrían haber sido meras ilusiones provocadas por la sed, el hambre y la inminente desesperación. Quizá llegase la hora de dejarse acunar por los santos… “¡No!”, le da mucho miedo perder la esperanza. La tormenta arrecia.

No escucha más que el silbido del desierto. La arena le cana el pelo y le tapa los orificios de la nariz, y sus ojos quedan atascados en la flamígera oscuridad. Se siente muy débil: una fuerte ráfaga de tres segundos, y cae rendido precipitándose en el suelo movedizo. Y ahí, Abel medita sobre su fin. Si debe acabar aquí, bien, ha viajado más que muchos, y desde muy tierna edad. Ha conocido muchas culturas, y visitado los más bellos paisajes. Pero aún quedan tantas ciudades, tantas montañas por ver…

La tormenta parece durar mil años. Luego calor…

Y silencio…

Y sueño.

Cuando levanta la cabeza, nota como el desierto le ha pasado por encima. Se limpia la arena de los ojos, y al hacerlo recuerda un cuento que le contaba su madre en la París de su infancia:

“Existe un hombre mágico que viene a ti cuando debes dormir. Es alto y pálido, y dicen que se viste con un arco iris. Tú nunca le puedes ver, Abel, pero él a ti sí. Te echa arena mágica en los ojos y así te envía al país de los sueños. Es la arena que te encuentras en los ojos al despertar o cuando estás cansado”.

Abel se sacude las ropas y observa: el paisaje ha cambiado, remodelado por el viento. Es silencioso, ya no hay remolinos ni tormenta. El suelo es liso como el cielo. Y entonces, se percata de que todo aquello le parece aterradoramente hermoso. Vacila, recién despierto, y deja huellas desiguales tras de sí. Puede ver dónde ha estado recientemente, pero nada indica su futuro. “Hombre mágico de arena, ven a mí, haz que adormezca, líbrame de mi infortunio. Llévame con Madre y con Otón. Sálvame, te imploro.”

Resuenan fragmentos de música por la tierra silenciosa. ¿En su cabeza o fuera? No lo sabe, pues le es indiferente. Un eco de cien voces distintas, palabras desdibujadas. Cuando sorbe de la cantimplora, el agua le resulta agria en la boca y le cuesta tragar por la sequedad.

Y ahí, entre la barahúnda, la oye: una voz profunda que clama su nombre. “¡Abel! ¡Abel!”… le llama. Él se sobresalta. “¿Madre?” Titubea. Y frotándose los ojos con aspereza, percibe su silueta.

“¡Espera Madre! ¡Ya me acerco!” Y cuando la alcanza, el mundo se queda en silencio y ellos se miran a los ojos tiernamente. “Madre…”

“No soy tu madre”, habla la figura, “soy la Parca, Muerte arrebatadora y de almas redentora. Tranquilo, Abel, que vengo a acompañarte hasta ella.”

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