Caso 5366 (2º y última parte)

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El infame salió de la habitación corriendo, y regresó llevando el arma de barrer en sus manos. La metió debajo de la cama, sin apuntar, con violencia y presteza, y punzante, como un alfiler entrando en su acerico. La escoba chocó con mi nariz. Dolor, diástole de sangre, lágrimas y lamentos. El agresor volvió a atacar, amenazante. Una vez y otra, hasta que lograra que saliese. Y así, abandoné mi refugio, goteando sangre.

Saltó y me dio otra vez con la escoba, ésta vez en la espalda. Caí de rodillas. Enseguida me di cuenta de que ese hombre que me pegaba ya no era mi marido. ¡Aquella buena persona con la que me casé había desaparecido completamente! Sólo había dejado su rostro como recuerdo, que día tras día evolucionaba más serio, desagradable, e irritable con facilidad.

Me levanté y le planté cara. En un interminable forcejeo logré arrebatarle el arma y le propiné un golpazo en la rodilla. Descargué tanta fuerza en el golpe, que algún hueso le quebré seguro. Se quedó gimoteando, rodando en el suelo. Yo cogí el bolso y escapé del edificio en lágrimas.

“Ya pasó, ya pasó”, me consolaba. Monté en el autobús nocturno, y me quedé dando vueltas por Medina toda la noche. La tormenta amainó. Me sequé las últimas lágrimas, abrí el bolso, y saqué un bolígrafo, un papel y un sobre. Entonces empecé a escribir sobre mi historia, mi trágica historia.

Llego a este párrafo y no se que conclusión sacar. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? ¡Maldigo a mi marido, que me apalea día sí, día no! ¡Injusto país, que trata a las mujeres como trapos viejos! Unas veces nos usan para limpiar, otras veces nos tiran… ¿Me merezco esta vida? ¿Me la merezco?

En el fondo, se que le quiero. ¿Pero a quién recurro para que le practiquen el exorcismo? ¿Por qué a nosotras, sensibles y trabajadoras, puede asestarnos un bofetón cualquier desconocido por la calle? ¿Por qué la ley me castiga cuando intento tomar medidas a través de ésta, o por mi propia cuenta? Si me mata, me muero; si le mato, también. Si huyo, me matan; si regreso, también.

Cuentan las vecinas que están en la misma circunstancia que yo, que no en todos los sitios es igual. Exactamente, dicen que hay países que tienen como ley respetar a la mujer. ¡Yo no me lo creía! Como ejemplo me pusieron España. En España, ellas tienen libertad, propiedad, seguridad…Pueden opinar y expresarse, son voluntarias de quejarse, sugerir, votar… En ese Estado, se puede decir “basta”. La ley allí es justa y equilibrada, apoyada y recogida en una Constitución. ¡España! Nunca se me olvidará…

Estoy cansada. Voy a guardar todo esto y a descansar. Esta noche voy a quedarme en el autobús. Mañana, quién sabe… Finalizo no sin antes decir, que aún me quedan esperanzas.

Fin.

Caso 5366 © TANDRO – 2006

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