Caso 5366 (1º parte)

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Antes de comenzar nada prefiero aclarar que éste relato no está escrito por mí. Lo encontré originalmente doblado en una carta que se había perdido en un autobús que atravesaba Medina, en Arabia Saudí. Después de leerla relajadamente, me di cuenta de que se trataba de un texto muy sincero, que con tan sólo repasarlo me hacía crujir las tripas y que alguna lágrima que otra rodara por aquél arrugado y delicado papel. Así que decidí compartirla con ustedes. Espero que les haga reflexionar acerca de lo bien que vivimos y lo mal que lo están pasando muchas personas sin merecérselo, simplemente porque les ha tocado vivir en un país en que la ley no respeta a todos sus ciudadanos por igual.

Ésta historia me está totalmente prohibida, tanto escribirla, como recordarla. Pero es para mi alma imposible despojarse de tanto dolor sufrido y sufriendo si no es gritándolo a los cuatro vientos.

Un trueno me sacudió la cabeza. Hacía mucho frío y llovía. Entré en casa. Oscuridad y silencio. Dejé la lamparita de la entrada encendida y me metí en la cama con la ropa de la calle puesta. El tiempo se agotaba. Desde mi guarida se contemplaba la pared del pasillo, iluminada por la lámpara. A través de la ventana podía ver nubes en el horizonte, más oscuras que negras, que se aproximaban lentamente. Cerré los ojos con fuerza y recé para que cesara de llover. Oí un ruido familiar…

Un trueno me sacudió la cabeza. Se percibían pasos que subían por las escaleras del edificio. Ansiedad, inquietud, desesperación. Permanecí inmóvil, casi sin respirar, escuchando. Los pasos subían y se acercaban. “¡Que deje de llover, que deje de llover, que deje de llover…!” Mi corazón latía velozmente y con exasperación. Las pisadas se pararon en la puerta de mi casa. “Allá vamos”, pensé. Una llave se incrustó en la cerradura y giró. Se lanzó una moneda al aire…

Un trueno sacudió mi cabeza. Abrió la puerta, la cruzó, y la cerró. Colgó las llaves con torpeza. Pude ver su abatida sombra proyectada en la pared del pasillo. Se arrastró serpenteando hasta el dormitorio. Encendió la luz. La moneda determinó su sentencia.

Y ahí estaba yo, débil y agitada, sola y desprotegida, triste y muerta de miedo. Una víctima más del desamparo. Envuelta entre las sábanas, mojada y temblorosa, haciéndome la dormida.

Un trueno sacudió mi cabeza. El vil monstruo caminó hasta mi vera, gruñendo cual cerdo en su cochinera. Estaba más borracho que consciente. Hoy tocaba castigo. Me despojó de las mantas que me tapaban y me susurró que me preparara para ser arropada por su habitual “manta de palos”. Me agarró del brazo, me tiró de la cama y me asestó una patada. Vomitó una serie de insultos dirigidos esencialmente a mí, a mi madre, y a mis difuntos, y recibí un puñetazo. Chillé un largo aúllo de lágrimas y de dolor. Como pude, intenté esconderme debajo de la cama, pero me cogió por el tobillo y le pise la mano. Esto aumentó su ira. Pretendí prolongar mi vida tanto como pude quedándome en mi improvisado refugio todo el tiempo que pudiera. Gritaba para no oír sus gritos. Él daba patadas a la cama, con su furia y sus insultos cayendo sobre mí. ¡Y un trueno sacudió mi cabeza! ¡Y los golpes se mezclaban con los truenos! ¡Y me sacudían, y me sacudían y me sacudían! ¡Mi cabeza iba a explotar! Mi llanto arreció, al compás de la lluvia que se sentía en la calle. Notaba cómo la riada iba acabando con todo lo que encontraba a su paso. ¡Truenos y más truenos!

Continuará…

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1 comentario

  1. He presentado este relato al concurso literario de mi ciudad, espero que de aquí a una semana el jurado realice el veredicto. Aunque no gane, estoy bastante satisfecho con la historia que he escrito.

    Mañana subiré la segunda y última parte.

    Espero que os/halla guste/gustado.