Ah, Microserfs, por supuesto

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Cuando visité Londres el verano pasado, estuve dando la vara para poder saciar un antojo bloguero que tenía desde el inicio del viaje: llevarme a casa la «Sagrada Biblia Bloguera», el libro del Santo Patrón de Microsiervos… Microserfs, de Douglas Coupland.

No me fue muy difícil hallar con la novela, aunque tuve mucha suerte. Primero visité la Watersonte’s, que es la librería más grande de Europa, y una señorita muy simpática me atendió. Con educación le pregunté si les quedaba algún ejemplar de Microserfs.

-Micro… what? -me preguntaba la chica, confusa; no entendía lo que le decía.

-Serfs, Microserfs -insistía yo, intentando pronunciar cada sílaba lo más correcto posible, como en un examen de inglés.

-Can you spell it? -me pidió. Así que deletreé letra por letra el título de la obra, como en los ejercicios de clase, y ella fue anotándolo pacientemente en el ordenador.

Lo siguiente que hizo fue felicitarme, porque sólo quedaban tres ejemplares en toda la ciudad. Uno de ellos, se encontraba en la librería Hatchards, que afortunadamente estaba a unos cuantos metros, en la misma calle Piccadilly. Me apuntó el nombre del establecimiento en un papelito rectangular (que aún conservo como recuerdo) y su número de teléfono… ¡de trece cifras! Narices…

Hatchards, a pesar de lo que pude pensar (por poseer un título tan poco común), era una tienda de libros totalmente normal: tenía varios dependientes también muy simpáticos, aunque se les entendía menos; habían varias copias del último de J. K. Rowling expuestos en la entrada, y otros tantos en el escaparate; y la gente que entraba en el local lo hacía para ojear y/o comprar letras ordenadas en páginas encuadernadas. Nada extraño…

Cuando le pregunté por Microserfs («Micro… what?») a un señor mayor, éste me señaló unas escaleras descendentes, que ya no recuerdo qué aspecto tenían (me estoy haciendo viejo). Las bajé ya desesperado, de dos en dos, un chico volvió a atenderme, y se puso de inmediato en busca de la novela, cual Indiana Jones con el Santo Grial. En unos minutos, el inglesito volvió con el libro entre las manos. Tuve que ponerme las gafas de sol de lo que brillaba. ¡Fantástico! Cuando me lo dio, me sentí como una madre la primera vez que toca a su bebé. Y él seguro que se sintió madrona durante unos segundos. Pagué, loco de alegría, y cuando iba a salir, el hombre mayor de antes me felicitó por la compra. Empecé a llorar. Todos lloramos.


¡Cielos! ¡Qué cantidad de cosas bonitas!

Y esta es la historia de cómo obtuve el ansiado libro souvenir de Douglas Coupland. Ya sabéis que si vais a Londres sólo quedan dos ejemplares, o uno, o ninguno. Así que no malgastéis el tiempo visitando Trafalgar Square, y apuráos en ir a las librerías.

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1 comentario

  1.  A mí me pasó algo así (pero de lejos xD) en FNAC de Callao (Madrid) con Gödel, Escher, Bach: Un Eterno y Grácil Bucle. Toda la tarde para que me lo encontraran xD