Carta abierta a los rechazados de la Fundación Antonio Gala

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Cuando José María Gala me comunicó mi admisión en la Fundación, el estupor apenas me permitía sostener el teléfono. Tuvo que presentarse su hermano para ratificar la noticia: «Que es verdad, imbécil». Y entonces sí, al escuchar aquel insulto que bien podré usar en mi epitafio, ese acento seseante, la voz punzante y serena que tan colorados nos puso con aquel cuerdo de la colina, entonces sí, pude aflojar la pinza que apretaba mis nervios y desparramarme como quien pisa tierra tras una larga travesía (la imagen difusa de alguien esperando en la orilla como única provisión).

Antonio ya hacía las veces de padre intentando recomponerme: «¿Qué será lo primero que hagas cuando ingreses?». Aún dudé; pensé que esta podía ser la pregunta definitiva, o más concretamente, que una respuesta mal pronunciada podía disipar mis sueños, como tantas veces había ocurrido en el pasado. Por suerte, ya había meditado largo y tendido sobre el tema: «Primero desharé las maletas y abrazaré a mis compañeros (supongo que no en este orden); segundo, antes de ponerme a trabajar, escribiré una carta para alentar a los candidatos que hayan sido rechazados».

Metaforizo mi suerte en lo relativo a la literatura como si se tratara de un brote superviviente del desierto. En mi casa no había biblioteca, no tuve abuelos que me contaran batallitas, ni hermanos con los que compartir lecturas, ni sobrinos que me inspiraran cuentos, ni vecinos que se parecieran remotamente a William Forrester. Paradójicamente, quizás para paliar esas ausencias, me aferré a la literatura en cuanto esta y yo nos conocimos.

El actor Rob Brown interpretando al adolescente que nunca fui.

Por eso era tan importante para mí ingresar en la Fundación Antonio Gala; por eso, cada vez que me rechazaban (no besé el santo a la primera), sentía la desolación de un huérfano al que nadie quiere adoptar. Sé lo que se siente, compañeros: yo también he sufrido el duelo. Pero no debéis tirar la toalla, porque nadie os ha olvidado. Vuestro arte es tan importante como el de cualquiera; aferraos a él y no dejéis que ninguna decepción perjudique vuestra carrera, vuestra visión, vuestro estilo de vida.

Ser rechazado en una beca de tales magnitudes es difícil de soportar, pero no es el fin. La Fundación recibe centenares de solicitudes de ingreso cada año y muchas veces se toman decisiones que casi desdeñan el perfil del interesado o la memoria de su proyecto. Eso no nos resta idoneidad, simplemente enfoca un farol hacia otro camino. Los azares del destino son eso, azares: hay que aprender a cabalgarlos sin despeinarse.

Tenemos mucho que aportar. Somos la generación que va a contar el cambio de siglo, el movimiento de los indignados, la «Gran Recesión». Debemos creer en nuestro trabajo y seguir construyendo y reconstruyendo con esmero y tenacidad. Recordad que los fracasos jamás son definitivos. Cézanne fue incomprendido durante toda su juventud. Los Beatles fueron rechazados en la audición de Decca. El MoMA no quería exponer las obras de Andy Warhol. El primer libro de Borges tuvo una pésima acogida. Cervantes publicó El Quijote con 58 años.

Alzad las plumas, los cinceles, los pinceles y las batutas. No privéis al mundo, ni (sobre todo) a vosotros mismos, de vuestro arte.

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