Ben Brooks vende books

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Hurra, Ben Brooks.

Es admirable la puntería que tienen en Blackie Books con sus autores. Peter Heller se estrenó con buen resultado, James Rhodes vendió como churros, Miqui Otero repitió con una gran fiesta (aunque a este no sé qué le ven). En cuanto a los titulares, ya ni te cuento: Miguel Noguera, Ben Brooks… ya no se quieren ir a otro sitio. Cuenta la leyenda que las colas de sus stands salen del local y doblan la esquina.

El caso es que yo venía a hablar de Ben Brooks. Me gusta este chaval, me recuerda al típico amigo que siempre está de fiesta y luego tiene un montón de anécdotas que contar. Te sirves unas cervezas, abres el libro y te echas unas risas, aunque por dentro te reconcome cierto malestar. Cada carcajada es un «joder, las nuevas generaciones van a mandar el mundo a la mierda», «joder, debería estar leyendo literatura de verdad». En esto, Ben Brooks ha dado en el clavo.

Pero lo bueno sería que el autor tuviese algo que decir sobre el tema. El problema queda expuesto sin que se aporte una reflexión auténtica; todo son respuestas vagas, conversaciones de borrachos, filosofía tuitera. Me gustaría que la obra de Brooks madurara, que diseccionara a su generación de verdad en lugar de quedarse en mera pose. Que los jóvenes se drogan mucho ya lo sabemos, que se pasan el día de resaca también, pero ¿qué más?

Empiezo a pensar que este escritor es un vendedor de humo. Ha encontrado un universo cómodo para escribir, una distopía adolescente donde estos torean a sus progenitores y se pasan el día autodestruyéndose y preocupándose levemente por ciertas alteraciones en sus vidas. Historias que resultarán emocionantes para los escolares, aunque dejarán indiferentes a los demás. No encontramos nada interesante en estas páginas salvo la capacidad de entretener de su perpetrador. El romanticismo de las drogas ya se perdió con la Beat Generation (los mismos que las pusieron de moda) y su compañero generacional Tao Lin ya nos había descrito antes (despertando asimismo algunos bostezos) el vacío existencial de los millennials.

«—Entiendo por qué el cuerpo deja de existir, pero no entiendo por qué la parte a la que le gusta Tarkovsky y tatuarse las piernas desaparecería. Esa parte tiene que ir a algún sitio. No es solo líquido en el cerebro.
—¿Te refieres al alma o algo así?
—No tiene sentido.
—Probablemente no».

Probablemente este sea el último libro de Ben Brooks que lea; como mínimo hay que darle unos cuantos añitos para que se curtaCrezco me gustó, Lolito me pareció algo flojo y Hurra es más de lo mismo. Quizá si se arriesgara a profundizar resultaría más sugestivo, pero si la cosa sigue así no cuesta nada imaginarse a un escritor de cincuenta años arrasado por la resaca y con síndrome de Peter Pan escribiendo relatos sobre adolescentes que beben y se tocan. Menudo repelús.

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