El infierno tiene cada vez más puertas en la Tierra

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Una página de noticias católicas entrevista a dos exorcistas sobre su profesión. El titular, puro clickbait, promete grandes dosis de bilis: «La ouija, el aborto, la eutanasia, la pornografía y las drogas abren la puerta a los demonios».

Dejarse tentar por este tipo de artículos es fácil. Lo paranormal siempre llama la atención. Y más cuando podemos conocer de primera mano qué dicen las personas que han practicado terapias tan polémicas como son los exorcismos.

Es curioso cómo estos sacerdotes, que bien pertenecen a una rama ultrasupersticiosa de la Iglesia, dicen diferenciarse de los demás por poseer un entrenamiento hacia lo escéptico, y defienden su posición recordando las constantes alusiones bíblicas sobre la lucha entre la luz y la oscuridad.

Resulta sospechoso que la Iglesia, tan friendly últimamente, no pretenda mantener el misterio sobre este tipo de labores que favorecen una política religiosa basada en la magia y el miedo a lo desconocido. Los exorcistas hablan de fenómenos imposibles como si nada: infestaciones, posesiones y hasta levitaciones son el pan nuestro de cada día para estos profesionales del Bien.

Porque para esta misión no existe la ciencia: «Los demonios no saben lo que estamos pensando –dice el padre Karras Lampert–. Son criaturas inteligentes que pueden utilizar su razón para deducir lo que podemos estar pensando o cómo podríamos actuar. Solo Dios conoce la mente de las personas».

Hay que conocer muy bien a los demonios para atreverse a hacer una afirmación como esta. Solo así es posible asegurar que existen múltiples instrumentos para invocar al enemigo: tablas de ouija, magia negra, sesiones espiritistas, videojuegos violentos, el Charlie Challenge (WTF), el tarot e incluso el yoga.

Las siestas de una hora, el tupé de Donald Trump, las salsas picantes, los fidget spinner, la gente que se corta las uñas en el metro, los libros de E. L. James, los helados dietéticos, las farmacias que venden homeopatía… En la Tierra se abren cada vez más grietas por donde se cuelan las energías más tenebrosas. ¡Cuidado!

Cabe preguntarse: ¿Engañar con un titular clickbait no es pecado? ¿No es pecado hacerle perder el tiempo a la gente, confundirla, atemorizarla, así como publicar el testimonio de cualquiera dándolo por válido? ¿No es pecado lucrarse con una web de índole religiosa?

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