Siempre Juntos (3º y última parte)

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Por las noches, cuando se sentía triste, Ellesmine acercaba su corazón a la pared, y el se calmaba y se dormía. Esos latidos que sentía fueron su protección durante su estancia en esa celda.
Una mañana, la puerta del calabozo se abrió chirriando…

-Quedas libre. Sabemos que no asesinaste a tu mujer –dijo una silueta que desapareció tras dejarle la vía libre.
Roy se puso en pie de un salto. Por fin se había descubierto la verdad. Ya podría irse a casa, descansar y curar su enfermedad. Pero por otra parte estaba Ellesmine. ¿Cómo iba a dejar sola a tan benevolente chica? Se sentía muy apenado por abandonar a esa mujer y a su corazón.
Salió de la jaula y se acercó a la puerta de su amiga para despedirse.
Toc, toc.
-¡Eh, soy yo, que me han liberado! –exclamó.
-¿Qué haces? –preguntó un guardia.
-Despedirme de la prisionera que está aquí –respondió señalando la puerta.
-Escucha muchacho –dijo el soldado, irónico -, esta prisión es sólo para hombres, y ésta celda está vacía –le explicó.
-¿Cómo va a estar vacía? –protestó Roy.
-¡Que sí, que está vacía! Si quieres te lo demuestro.
Y así lo hizo.
“Pues es verdad, está completamente vacía. ¿Pues dónde está ella? Que raro… En fin, vamos a casa”, pensó.
Pasito a pasito se recorrió los seis kilómetros de distancia que le separaban de su casa. Por el camino pensaba en Ellesmine. Le daba mucha lástima no haberse despedido de ella, y estaba convencido de que no había sido una imaginación suya.
Cuando alcanzó su hogar, se tiró en la cama, blanda. Al instante se quedó dormido. Su sueño duró el resto del día.. A media noche un rugido lo despertó. El león que tenía en el estómago lo llevó a la cocina y en ella se comió media barra de pan con aceite.
Después se metió otra vez en la cama, y apoyó el cuerpo en la pared. Pero ésta no lo calmó. Se sintió muy inquieto por la ausencia de unos latidos protectores que lo acunaran y le consolaran y le abrazaran.
Como no podía dormirse, se levantó y decidió ir a hacerle una visita a la tumba de su mujer. Encendió un candil y al cementerio fue.
Todo era silencio. Las ramas de los árboles chocaban unas contra otras y hacía mucho frío. Pero Roy no tenía miedo. Estaba muy relajado. Comenzó a buscar la tumba de su amada. ¡Ahí estaba!
Se puso de rodillas enfrente de ella y dio un suspiro. Un montón de recuerdos le abordaron la mente. ¡Se acordaba ya de todo! Rápidamente se llevó la mano al corazón. Era la misma sensación que experimentó con su amiga de la cárcel en el pecho. Notaba un corazón latir, junto al suyo, protegiéndolo y luchando por él. Era maravilloso. Roy alumbró la lápida y leyó:
“Aquí descansa la buena Nadia Ellesmine Harrison Isalogar. Siempre veló por nosotros.”

Siempre Juntos © TANDRO – 2006

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