Siempre Juntos (1º parte)

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-¡Adentro!
En una celda incomunicada habían lanzado al pobre Roy. Rodó por el duro y desgastado pavimento de madera y se desmayó. Varios días quedó en ese estado, magullado, arañado, humillado. Sus ropas, hendidas y mojadas. Su corazón, miserable y roto.
Inconsciente se había quedado en una celda de cinco metros cuadrados, sin cama y sin iluminación exterior, salvo unas cuantas grietas en lo alto de la pared que le decían si era de día o de noche.
Una fuerte basca lo despertó una tarde. Se puso de rodillas y apretándose fuertemente en el pecho intentó vomitar. No pudo. Vencido, chocó la cabeza contra el suelo. Una lágrima salpicó sus pestañas y comenzó una segunda a rodarle por las mejillas. El lloro era cada vez más intenso, y hubo un momento en el que se sentía tan desdichado que empezó a dar incesantes puñetazos en las paredes, y paraba sólo para gritar: “¿Por qué? ¿Por qué?”
De repente una voz sonó:
-¿Qué te pasa? –preguntó.
Roy se cayó. Se secó la cara con las mangas y escuchó atento.
-¡Eh! –le llamó la voz, desde el otro lado de la pared.
-¿Sí? –respondió titubeando.
-No llores –le dijo, de una forma muy dulce, aquella voz femenina-. ¿Cómo te llamas?
-Roy Harrison –contestó entre sollozos-. ¿Y tú?
-Ellesmine.
Un breve silencio se hizo entre los dos, luego ella le preguntó:
-¿Por qué estás aquí?
El llanto de Roy cogió un poco más de fuerza, pero pudo contarle la historia:
-Pues, andaba yo con mi mujer subiendo una montaña al lado del pueblo. Íbamos a recoger setas para la comida. Como se estaba haciendo de noche, y había nubes, aligeramos el paso, y ella tropezó. No se hizo daño. Empezó a rodar y a gimotear en el suelo, haciendo tonterías para que yo la levantara y la consolara. Y en un giro que hizo, cayó por un altísimo acantilado.
-¿Se murió?
-Sí. Se mató de la forma más tonta. Al momento se acercaron dos guardias forestales. Uno me sujetó y el otro me dio una paliza. Decían que lo habían visto todo. Me llevaron a la plaza y me ataron a un poste. ¡Todo el pueblo se reunió para ver como me quemaban!
-¿Y seguro que tu mujer murió?
-Claro. Cayó desde una altura increíble en una roca puntiaguda que la partió en dos. Fue horrible –añadió con un suspiro de dolor.
-¡Ay! –gritó Ellesmine, con muestra de disgusto; como si hubiese sido ella la que había sufrido todo aquello.
-Supongo que creyeron que la había asesinado.
Ninguno de los dos volvió a hablar. Él se sentó en el suelo y se quedó con los ojos cerrados varias horas. De vez en cuando algunas lágrimas goteaban por su mentón. Se sentía pensativo, reflexivo, meditativo.
A media noche, aún despierto, oyó un estornudo.

Continuará…

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