Gas, gas, gas

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Ayer, un buen profesor me informó que he quedado segundo en el concurso literario de mi instituto con el siguiente relato, titulado “Gas, gas, gas”. Espero que os guste.

toxic


Gas, gas, gas.

Por si hay dudas, subrayo: esta historia es verídica.

Confusión. Me desperté por la mañana a la hora de siempre. Había dormido bastante bien, pero tenía la incertidumbre de si era día laboral o no. Dios mío, no me apetecía nada madrugar para ir a clase. En fin, hay que asumir, como siempre. Comencé a contar mentalmente los segundos que quedaban para que sonase el despertador (no sé por qué, siempre intuyo la hora que es sin necesidad de mirar ningún reloj). Cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Pi, pi, pi!

Se encendió la radio del despertador. ¡No! Cinco minutos más, por favor. Dormí a contrarreloj durante ese tiempo, hasta que volvieron a llenar mi habitación las canciones latinas de Cadena Dial. Está bien, ya me levanto. Fui rutando hacia la ducha. De repente, se me encendió una bombillita. Volví la cabeza hacia el calendario. ¡Milagro! Era sábado, había debido de activar el despertador sin querer la noche anterior. Qué alegría, qué placer. Milana bonita. A seguir durmiendo.

Los fines de semana trabajo como anfitrión de espectáculos en el Ayuntamiento. Mi misión, en las fiestas, consiste en mantener una temperatura adecuada en el salón de ceremonias, encender y apagar luces, abrir puertas en los momentos adecuados…

Aquél sábado era un día importante. La mayoría de los ciudadanos se habían congregado en la Plaza Mayor, pero muy pocos tenían el privilegio de entrar al salón, al que yo dedicaba toda mi precisa atención. Para cuando abrí el portón principal ya me sentía plenamente descansado. Las ganas de dormir se habían marchado a correr el cárabo.

Bajo una iluminación cálida, los invitados de prestigio fueron pasando y colocándose en sus respectivos estamentos. Hacía un poco de calor, así que puse en marcha el sistema de aire acondicionado. La gente estaba vestida muy elegante, deseosa de parlotear, comer y brindar. Yo me paseaba por allí, arreglando los últimos detalles.

Repentinamente, un desconocido me gritó: «Idiota, ¿vas a abrir las puertas o no?» ¡Se me había olvidado por completo! Debía abrir los portones de los palcos para ampliar el espacio. Bajé corriendo las escaleras, esquivando con cuidado a la gente. Alterado, me puse delante de la caja de mandos, en el centro del escenario, e intenté vislumbrar el botón correcto para realizar mi tarea. Pero con la poca luz, no veía casi nada.

Me puse muy nervioso y empecé a hacer zapping con los controles, a ver si funcionaba algo. ¿Cómo no podía acordarme de dónde se encontraba lo que estaba buscando? Mientras revolvía, la sala iba sufriendo cambios: caía confeti del cielo, se encendían luces de neón en las barandillas, se interrumpía la música… se cerraron las puertas de salida…

Iba tan descontrolado, que di sin querer donde no tenía que tocar. Un sonoro «clic» hizo que me percatara de que algo no iba bien. Pero cuando quise reaccionar era demasiado tarde. Un gas de color blanco rosáceo empezó a salir, ssssssssss, a toda velocidad, ssssssssss, por todos los respiraderos de la sala, ssssssssss, inundándola de abajo a arriba en instantes. Un chorro de esta sustancia salió de un conducto que tenía a mi lado y me maquilló toda la cara. Ssssssssss. Aspiré el rosa sin querer, aunque no quisiera. Ssssssssss. Y pude notar el efecto embriagador que producía. Sssssssss. Era veneno, no cabía duda. Sssssss. Anastasio, digo Anestesia, probablemente. Sssss. Deliraba. Sss…

Empecé a notar sueño, muchísimo sueño. Tenía miedo. Sentía un hormigueo en el cerebro y estaba cayendo en redondo hacia el suelo. No veía. Recordé, en el proceso de paracaidismo, algunos momentos emotivos con mi familia; mi madre, mi padre; imágenes sueltas de lo que quería ser y nunca podría. Mis últimos pensamientos fueron: «Esta gente va a morir. Voy a quedarme en coma. Voy a morir».

Cuando mi corazón dejó de latir, desperté, y me percaté de que había estado soñando medio despierto. Vigilia. Pero aquél gas, que había estado todo el tiempo en mi mente, persistía en mis pulmones y me arrastraba hacia un lugar del que yo no sabía cuándo regresaría. Sueño. Noté de nuevo mi corazón vivo palpitar de pánico. Ssssssssss. Auténtico terror. ¡Ssssssssss! Logré alzar los brazos y darme puñetazos por distintas partes del cuerpo, pero no servía de nada, aquella fuerza invisible me tenía atado. Mi cerebro no reaccionaba ni siquiera al dolor. Realmente estaba en peligro; estaba muriendo. Sssss…

Volví a despertar una segunda o tercera o décima vez. Intenté calmar mi respiración acelerada. Un frescor anaranjado entraba por la ventana de la habitación. Entonces, con el cuerpo inclinado, recordé a todos los elegantes invitados de la fiesta. Y me pedí perdón en silencio por no haberles podido salvar la vida.

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