Ya estoy de nuevo en casa. ¡Menudas semanicas estoy teniendo!

Hoy quería comentar la patética actuación que hicimos en Eurovisión. ¡Por Dios! Media Europa abucheándonos, qué vergüenza, qué insignificante me sentí… Pero bueno, los más positivos dicen que alcanzamos el mejor puesto en varios años, y que aunque no ganamos, nos lo pasamos estupendamente. Yo no lo veo así. Yo lo pasé mal, quería desaparecer del mapa, ser americano, asiático, no tener nada que ver con el Euromorcillón. Qué triste, de verdad, no me sentía tan ridículo desde la última vez que aparecieron Las Ketchup en el festival este.

No es que la actuación de Rodolfo Chiquilicuatre me pareciese patética, que lo fue (pero tuve que reconocer que lo hizo bastante bien, mejor de lo que me esperaba). Lo que me hundió fue que no tuvo gracia. Es como cuando de pequeños somos los únicos que nos reímos cuando eructamos, mientras los adultos nos miran serios, pensando “menudo tonto el crío este”, y luego cuando creces se te pasa la tontería. Que todos los españoles bailamos el Chiki-Chiki en las discotecas por pura moda. Porque, a ver, ¿a quién le sigue haciendo gracia el “lo baila mi mulata con la braga en la mano” o el “¿por qué no te callas?” del rey Don Juan Carlos? Menudo chiste de niños. Para lo único que ha servido este repetitivo baile es, además (hago incapié) de para metérnoslo hasta en la sopa, para sacar dinero. Creo que hasta ha salido más rentable que si hubiésemos ganado el festival.

Por lo menos, mirando el lado positivo, he conocido nuevos artistas, como a Sébastien Tellier, que representó a Francia con su tema Divine. Quedó el 19, tres puestos por debajo de España, pero al menos sí te reías con él.