Cargar con la mochila hasta el colegio ha sido un trauma que han pasado millones de escolares desde que existen estas instituciones. Los gobiernos, asociaciones de padres y asociaciones de cosas, se han pasado toda la vida (y menos tiempo del debido) intentando liberar a los alumnos de los crujidos de columna provocados por el excesivo peso de sus mochilas. Y es que ésta siempre está a rebosar: de libros, de cuadernos, de material (estuche, escuadra, compás…); sin olvidar el imprescindible almuerzo o el neceser los días que hay Educación Física.

Casi la mitad de los estudiantes españoles se quejan heridos, especialmente los que cursan Secundaria. Las madres saben ésto, y presentan querella a los gobiernos, asociaciones de padres y asociaciones de cosas (que siguen meditando en las nubes), porque están hartas de que las espaldas de sus hijos parezcan signos de interrogación. Así que todos los años, en septiembre sobretodo, Matías Prats y las revistas familiares nos dan algunas recomendaciones para sobrellevar el problema por lo menos. El consejo más famoso es el de no cargar con más del diez por ciento de tu propio peso. Tonterías, creo yo, porque la complexión física, la altura o el sexo también deberían ser tomados en cuenta, no sólo el peso… Siempre hay afectados.

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¡Venga, aguanta, ya falta poco!

En algunos países se han tomado medidas. El año pasado, en Italia, se promulgaron leyes para regular los pesos máximos, algo que me parece muy positivo para los estudiantes italianos, aunque insuficiente. En España estamos peor. Pero bueno, ¿es que no se centran? ¡El obstáculo reside en el formato de los libros! Vamos a ver, es más sencillo de lo que parece. Se trata de aprovechar al máximo las hojas para aligerar el peso. Sí, adelante, que se coman los márgenes, ¿quién los necesita? Y que le bajen algún medio punto que otro a la fuente del texto, y que aproximen más el espacio en las líneas, y que no pongan imágenes gigantescas… Lo que más me molesta, es que se añadan chorradas para ocupar más espacio. Tales como fotografías enormes, párrafos recordatorios, páginas con curiosidades. WTF? ¿Pero qué estamos haciendo, estudiar o leer revistas? Porque esas cosas lo único que consiguen es estorbar a los estudiantes (y habla uno de ellos, os recuerdo) y sumar kilos a los hombros. Seguro que os molestaría estar leyendo esta entrada esquivando un laberinto de cuadros multicolores.

Páginas limpias, ordenadas, poco saturadas, con información relevante, con títulos y fuentes adecuadas, que no abusen de las negritas, con los apoyos necesarios, que no intenten esquematizar… Joder, ¿es tanto pedir? No me sorprende que las asociaciones de madres y cosas pataleen porque la Educación vaya mal (y hay más motivos). Estamos a la cola de Europa, y cada vez están más hambrientos los leones.

Pero sobretodo, podrían tener en cuenta la siguiente sugerencia (la más importante): Los libros, se deberían dividir en tomos, según los temas. Abriendo el índice de mi tocholibro de Filosofía, veo que hay seis bloques, cada uno con varias unidades: “El saber filosófico”, “El conocimiento”, “La realidad”, “El ser humano”, “La acción humana” y “La sección de crucigramas” “La sociedad”. ¿No podrían imprimirse tres libros, con dos bloques cada uno, que se vendiesen juntos? Eso sí agilizaría las espaldas, porque los escolares sólo llevarían los temas que necesitaran. ¿Para qué tengo que cargar con cien páginas durante todo el curso, si luego no las voy a utilizar hasta los dos últimos meses de clase?

Bajad ya de las nubes, y compartid el peso con nosotros, que vosotros sois adultos y tenéis más fuerza.