Ya casi puedo contar con los dedos de las manos y de los pies los días que me quedan para estar de vacaciones. ¡Ay! Si supieseis cuanto añoro el desestrés, el “hacer lo que me da la gana”, la piscina, el murmullo de los grillos, el “¿y a mí que me importan los exámenes?, dormir la siesta, el saunístico bochorno veraniego, el sol y la luna, los flotadores que no son flotadores y que en realidad son neumáticos, la colcha de verano, el “¿y a mí que me importan las sandeces, incoherencias e importunios de los profesores?”, los cangrejos de la playa, el incómodo escozor en los ojos que produce el cloro de las piscinas, madrugar para no hacer nada, hincharme a comer carne a la brasa, no tener que ducharme en tres meses, la excusa de estar de vacaciones para no trabajar, llevar una dieta alimenticia equilibradamente insana, levantarme a las nueve de la mañana para ir al baño y volverme a acostar, jugar al póker, quemar apuntes escolares, tirar petardos, tirar petardos a las hormigas, tirar petardos a las cigüeñas, tirar petardos a los familiares, tirar petardos a mí mismo, comprobar que el instituto está cerrado, explorar las sierras, jugar al UNO, olvidar matemáticas, bucear, etcétera, etcétera, etceterísima.
¡Jooooo! ¡Quiero mis vacaciones ya!