Este fin de semana he llegado a una determinación: voy a escribir una novela. He dicho. Porque he hablado mucho y al final no he hecho nada. Ahora sí, tengo fuerzas y ganas, me voy a poner en serio. Lástima que no me hubiera decidido hace unos años, cuando fui capaz y no quise. No es lo mismo elaborar una novela con trece años que con diecisiete (no tiene el mismo mérito). Pero, más vale tarde que nunca. He hablado con varias personas cercanas para recolectar opiniones y me he planteado algunas cosas.

El más importante de estos planteamientos es que una vez empiece, no puedo parar hasta acabar. Y ya he empezado. No tengo prisa, pero me he impuesto un tiempo fijo diario, para no oxidarme. Al principio pensé en escribir en rachas de palabras (2.000, como recomienda Stephen King; o incluso mejor, 3.500, como supuesta y admirablemente cumple Claudio Cerdán), pero esta idea se me vino abajo. No siempre voy a poder cumplir la cantidad establecida, lo sé. Mejor, establezco redactar una hora diaria, de lunes a viernes, concentrándome en mi trabajo, y santas pascuas.

Siendo fiel a mis principios, deseo tener listo el libro para diciembre, mes en el que se celebra un importante concurso de novela corta en mi ciudad. Espero que el clima sea favorable. ¡Manos a la obra!