Podéis llamarme sensiblón, blandengue, cursi, nenaza… todas esas cosas que se decían en los colegios cuando se descubría que alguien veía una serie de televisión con ambiente amigable, del tipo Heidi o Marco. En la escuela, los verdaderos machos (leñadores, hombres de espalda ancha, barba descuidada, cejas pobladas y orgullo de tialismo) veían series como Las tortugas ninja, Digimón o Dragon Ball.

Mi matiz era que compaginaba la visualización de este tipo de seriales no aptos para mentes femeninas con series no aptas para mentes masculinas. Tal es el caso de Pollyanna, un anime que me absorbió cuando era niño.

Nunca he sido muy aficionado al manga ni al anime, pero Pollyanna me cautivó, por alguna extraña razón escondida en lo más profundo de mi femenino ser, desde el principio. La trama iba de una niña que, tras la muerte de su padre, se iba a vivir con su estricta tía a un nuevo pueblo. Allí hacía muchos amigos, y gracias a su carácter optimista y alegre lograba que todo el mundo la quisiera, consiguiendo ablandar hasta el corazón de su severa tía. Pero toda la vivacidad de la niña se hunde un mal día cuando un coche la atropella. Es entonces trasladada a una casa en Boston, donde trataría de recuperar la movilidad de sus piernas y la alegría de vivir. Una tierna historia, basada en una novela con el mismo nombre, merecedora de alguna lagrimilla.

Y quién diría que ahora alabo Sin City como un auténtico leñador loco. Lo que son las cosas.